
Pablo Cesar Aimar nació el 3 de noviembre de 1979 en Río Cuarto, provincia de Córdoba. Nunca pensó hasta dónde llegaría, aunque siempre su vida estaría ligada al fútbol.
Su padre fue jugador en el equipo de Belgrano, con el que toda la familia simpatizó, y en la actualidad entrena a jóvenes de un club barrial. Con su hermano Andrés, también jugador profesional, cada tarde se divirtió en el potrero de la esquina de su casa.
Su infancia fue como la de cualquier chico, hasta que a los 14 años, estimulado por sus amigos y recomendado por Norberto Pitarch, llegó a Buenos Aires a probarse en River. Papá Ricardo que bendijo la iniciativa, le advirtió: "Andá, medí dónde estas respecto de los otros chicos y volvé. Volvé que tenés que estudiar."
Sin demasiadas expectativas rindió la prueba. Todos quedaron fascinados. Fue su primera aparición ante la alta sociedad futbolera.
Le ofrecieron quedarse, pero Pablo ya había tomado la decisión antes de subirse al coche que lo trasladó desde Río Cuarto: jamás se quedaría en Buenos Aires...
Río Cuarto cobijó su habilidad sólo por unos días. Era el año 1994, cuando el propio Daniel Passarella lo llamó a su casa para decirle que lo quería en River. El entonces técnico del equipo "millonario", acordó con el padre de "Payito" que regresaría a la Capital federal en las vacaciones de invierno. Pero poco tiempo después de cumplir los 15 años, un telegrama enviado por la AFA convulsionó su barrio natal. José Pekerman lo había citado para el Sub 17.
Armó su bolso y se subió al micro junto con un amigo de la familia. "¿En qué posición preferís jugar?", le preguntaron apenas llegó a Ezeiza, y Pablo respondió con su voz inocente: "De enganche".
Después del Sudamericano en Perú, Daniel Passarella, que por entonces era el técnico de River, llamó a Ricardo Aimar y le pidió que su hijo regresara a River. Pablo viviría en la pensión y terminaría la secundaria en el Instituto. Pablito se mudó a Núñez. Tenía todo. Deslumbraba en las inferiores y jugaba en la selección, pero las lágrimas caían tristemente en la almohada. Extrañaba Río Cuarto, la familia, las sierras, el potrero... Buenos Aires era una tortura.
Ramón Diaz lo hizo debutar el 11 de Agosto en el Torneo Apertura ´96, frente a Colón de Santa Fe, a los 16 años. Desapareció de las canchas por un año y medio. El plantel de River contaba en ese entonces con grandes jugadores en su puesto: Francescoli, Gallardo, Ortega, Gancedo y Solari, quienes lo relegaron a la reserva.
Esto no impidió que su carrera como futbolista continuara en ascenso, jugó en cuanto torneo juvenil a nivel de seleccionados hubiese.
En febrero de 1997 participó del Sudamericano sub 20, que se realizara en Chile. El técnico lo juntó con Juan Román Riquelme, para que manejara el equipo. Nadie dudó en elegirlo como el mejor jugador del torneo. Existe una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: en la final del sudamericano, fabricó una gran jugada que terminaría en gol. Las autoridades del campeonato no dudaron en elegirlo como el autor del mejor tanto del torneo. Pablito lo agradeció, pero dijo que no podía aceptarlo, no lo merecía ya que antes de ingresar al arco la pelota se había desviado en un jugador contrario. Ante semejante actitud, los jueces lo premiaron con una mención especial por su honestidad. Fue en este torneo que, a pesar de detestarlo con todas sus fuerzas, lo bautizaron como el “payaso” debido a su forma divertida de jugar.
Luego de unos meses viajó a Malasia donde participaría del Mundial sub 20, la selección argentina se consagró campeóna por segunda vez consecutiva. Aimar contaba con apenas 17 años, pero ya estaba en la historia grande del fútbol argentino. Algunos medios lo catalogaban como el mejor juvenil surgido después de Maradona.
El retiro de el Enzo y la venta de el Burrito le dieron las riendas del club riverplatense y no defraudó. Llevó a los millonarios varias veces al campeonato local.
Convirtió su primer gol en la primera de River, el 20 de Febrero de 1998 contra Rosario Central, cuando ya se daba el gusto de utilizar el número 10 en su espalda. En el club de Nuñez ganaría todo: dos Torneos Apertura, tres Torneos Clausura y una Supercopa Libertadores. Jugó allí hasta el 28 de enero de 2001.Terminó la escuela secundaria en el Instituto River Plate.
Con 22 años fue vendido al Valencia de España, en una operación récord. En tierras Valencianas obtuvo dos Ligas (la primera luego de 31 años de sequía para el club), una Copa U.E.F.A. y una Supercopa. Se consagró como ganador de la 16ª edición del Trofeo EFE, al mejor jugador latinoamericano de la temporada 2005-2006 en la liga española. Al irse del club, un admirador de su juego escribió en una carta abierta: “…eres un jugador elegante en el campo y fuera del campo. Nunca te he advertido soberbio o engreído; al contrario, siempre te has mostrado sencillo y humilde […] Muchas gracias, Pablo […] Te deseo de todo corazón que triunfes en el Zaragoza […] Dejas en Valencia a un amigo anciano, muy anciano, pero que guarda todavía capacidad para ilusionarse ante lo grande, y tú, para mí, lo eres”.
El 9 de agosto de 2006 pasó a formar parte de la plantilla del Real Zaragoza, en donde juega hasta la actualidad.
Debutó en la selección mayor el 9 de junio de 1999 contra México, amistoso que Argentina empató 2 a 2. Jugó 50 partidos con la celeste y blanca y marcó 8 goles.
Fue la figura de la Selección Argentina en el (corto) Mundial Corea-Japón 2002, ganó la Copa Kirin 2003, participó en la Copa de las Confederaciones de 2005, donde se consagró Sub Campeón, y en el Mundial de Alemania 2006, donde apenas jugó, y el seleccionado cayó en cuartos.
Fanático de Los Piojos, de Joaquín Sabina, de García Márquez, de las tortillas de papas de su madre y de los asados con la familia y los amigos en Río Cuarto.
Es de pocas palabras "No me gusta hablar mucho con la prensa porque no siempre tengo cosas interesantes para decir".
Su juego deriva de un principio simple: está convencido de que la pelota debe estar siempre en movimiento, aunque la tenga el rival. No es un gesto de desinterés por el resultado; simplemente desea que el cielo exista, aunque su lugar sea el infierno, como decía un escritor.
ANAK